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Que la muerte de César Pereira no sea en vano

Por Diego Cebey

Por Redacción El Merey

4 de octubre de 2026 · 11:14 a. m.

Que la muerte de César Pereira no sea en vano

Hay ausencias que el tiempo no logra llenar y preguntas que, por más años que pasen, siguen sin respuesta.

Regresar a Lechería, al lugar donde cayó César Pereira, nuestro Cesita, nueve años después, fue reencontrarme con una parte de nuestra historia que sigue doliendo.

César tenía apenas 20 años. Estaba lleno de vida, de sueños y de futuro. El 27 de mayo de 2017, durante una manifestación en el Peñón del Faro, fue herido. Murió al día siguiente.

Los años pasaron. Su ausencia, no.

César fue uno de tantos jóvenes que salió a las calles convencido de que Venezuela merecía un futuro distinto. Como él, muchos tenían proyectos, familias, amigos y toda una vida por delante. Algunos nunca regresaron a casa. Otros tuvimos que aprender a vivir con el miedo, la pérdida y las consecuencias de aquella lucha.

Pocas horas antes de abandonar nuevamente mi tierra, regresé a ese lugar. Permanecí allí durante una hora, en silencio, recordándolo y renovando una promesa: que su muerte no sea en vano.

Porque detrás de cada vida que se perdió hay una historia que merece ser contada, una familia que sigue esperando respuestas y unos sueños que nadie podrá recuperar.

Estos días en Venezuela me permitieron abrazar a mi familia, reencontrarme con amigos y compartir una mesa con personas con las que jamás imaginé volver a coincidir. También me permitieron escuchar, observar y comprender distintas realidades de un país que, más allá de nuestras diferencias, todos llevamos dentro.

Me voy con emociones encontradas: con la alegría de los reencuentros, pero también con el dolor de quienes ya no están y de quienes todavía esperan volver a abrazar a los suyos.

Durante años tuvimos que ocultar nuestros rostros. Expresar nuestras convicciones podía costarnos la libertad o la vida. Hoy he decidido no esconderme más. Sé que esta decisión implica riesgos, pero no quiero que el miedo siga determinando quiénes somos ni lo que podemos expresar.

No hemos olvidado lo ocurrido. Tampoco podemos permitir que el paso del tiempo convierta el sufrimiento en silencio. César y tantos otros venezolanos merecen verdad y justicia. Sus familias merecen respuestas, y quienes cometieron delitos deben rendir cuentas.

Pero hay algo sobre lo que también debemos reflexionar: ¿qué hacemos con todo ese dolor? ¿Cómo evitamos que las próximas generaciones tengan que vivir una historia semejante?

La justicia no puede confundirse con la venganza, así como la reconciliación no puede significar olvido ni impunidad. Una sociedad no puede reconstruirse negando lo que ocurrió, pero tampoco puede condenarse a vivir eternamente enfrentada.

Pensar distinto no debería convertirnos en enemigos. Ninguna diferencia política debería estar por encima de la vida, la dignidad y los derechos de las personas.

Los años de lucha nos enseñaron a resistir, a defender nuestros principios y a no renunciar a nuestras convicciones. Pero resistir no puede ser nuestro único destino. También tenemos la responsabilidad de pensar en el país que queremos dejarles a quienes vienen detrás.

Una Venezuela con instituciones que protejan a sus ciudadanos, donde la justicia sea independiente, donde las oportunidades no dependan de nuestras ideas y donde nadie tenga que abandonar su tierra para vivir con dignidad.

Sé que reconstruir un país no es tarea de una sola persona ni de una generación. Requiere tiempo, responsabilidad y la disposición de reconocer que, aunque no pensemos igual, compartimos un futuro.

Recordar a Cesita es recordar su risa, su juventud y todo lo que compartimos con él. Es pensar en todo lo que le faltó por vivir y en la vida que merecía tener. Su historia no puede quedar reducida al día en que nos lo arrebataron.

A veces me pregunto qué estaría haciendo hoy, qué sueños habría cumplido o qué conversaciones tendríamos. Son preguntas que nunca tendrán respuesta, pero que me recuerdan que detrás de cada víctima hay una persona, no una cifra ni una consigna.

Quizás honrar su memoria también signifique trabajar para que ningún otro joven tenga que morir por sus convicciones, para que ninguna familia tenga que atravesar una pérdida semejante y para que vivir en Venezuela no implique tener que elegir entre la seguridad y la libertad.

Me voy nuevamente de mi tierra con abrazos, recuerdos y conversaciones que me acompañarán durante mucho tiempo. También me llevo la convicción de que el país que soñamos no se construye únicamente desde las diferencias que nos separan, sino desde la responsabilidad que compartimos con quienes aún tienen toda una vida por delante.

Durante años nos escondimos para sobrevivir. Hoy he decidido no esconderme más. Y quiero creer que llegará el día en que ningún venezolano tenga que hacerlo por pensar distinto.

Por Cesita, por todos los que dieron su vida, por quienes siguen esperando respuestas y por quienes merecen crecer en un país donde la vida, la libertad y la dignidad sean derechos, no privilegios.

Que su muerte no sea en vano. Que nuestra memoria nos ayude a construir un futuro distinto.

Diego Cebey
Un venezolano más en resistencia.

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